8 de enero de 2008

Rouco y sus hermanos

Las altas jerarquías de la Iglesia Católica española salieron recientemente en romería, pese a las fechas, al modo que últimamente más se estila entre lo más rancio y cutre de nuestra sociedad, es decir, de manifestación.

Indudablemente todo el mundo tiene derecho a manifestarse. Pero, al menos, que lo haga por una razón justa y no como prueba de fuerza de apoyo a lo más profundo de la caverna. Los argumentos esgrimidos por los prelados más ultras de la Iglesia Católica española resultaron patéticos.

Anunciaron que el modelo social de la España de Rodríguez Zapatero ponía en crisis los valores de la familia cristiana. Mucho me temo que estos señores solo pretendían que la sociedad retrocediera en el tiempo a la España de los Alcántara y los Botejara, en los cuales solo había un modelo social único, que era, precisamente, el que ellos hoy postulan. Que se hayan legalizado los matrimonios homosexuales o parejas de hecho no implica que se resquebraje o se elimine el concepto tradicional de familia compuesto por un hombre y una mujer, al margen de que esta unión haya pasado o no por la vicaría.

En aquella manifestación se llegó a comentar que se corría el riesgo de destruir el sistema democrático de convivencia. Precisamente ellos, los que apoyaron y llevaron bajo palio el último régimen dictatorial al que fue sometido este país, nos hablan, como sus colegas de caverna, de que la pluralidad puede llegar a minar un sistema político que, incluso, permita que se lancen bravatas como ésas.

Y cuando llegaron al tema económico, ¡qué gran chanza! Solo se les ocurrió criticar los acuerdos que tienen con el Gobierno de España porque, dicen, que no es suficiente. Pero no mencionaron que ahora se llevan por las bravas el 0,7% de nuestros impuestos, más las aportaciones de la "casilla" de las declaraciones de renta, más ... Dice el refrán que no hay que morder la mano que te da de comer, y éstos están manejando más dinero público que nunca en un periodo democrático. Claro, que, a lo mejor, prefieren volver 33 años atrás. Pero, que conste, que la religión católica en España es una religión subvencionada por el Estado.

Me sorprendíó la presencia, más institucional que combativa, de Monseñor Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal española. Quizá uno de los pocos personajes de ese grupo que ha demostrado que con diálogo, con talante y con buena voluntad se puede llegar mucho más lejos que a golpe de báculo. Este hombre, del que me hago cruces que saliera elegido para el puesto que ocupa, conociendo la transigencia del rebaño, es un verdadero ejemplo de cómo se deberían gestionar los asuntos espirituales y aproximarlos al entorno más próximo, sin imposiciones y sin dogmas. Su labor al frente de una de las diócesis más complicadas ha sido y es un ejemplo de cómo se puede conseguir unir lazos y estrechar diferencias partiendo de una posición de rechazo absoluto, como fue su caso.

El acto de la Plaza de Colón de Madrid no fue sino un ejemplo claro de que el integrismo religioso (sí, ése que nos están vendiendo desde hace unos años como la gran amenaza de Occidente), no está tan lejos. Ni siquiera en otras religiones. No miremos sorprendidos a los llamamientos extremistas que se realizan desde la radicalidad de otras religiones. En algunas muy cercanas, muy próximas y relevantes para nuestra sociedad también los tenemos. Y ostentan un poder jerárquico tan elevado como en otros lugares. Quiero pensar que los creyentes católicos de a pie no comulgan con las ruedas de molino que los jerarcas de esta religión preconizan. Si no fuera así, sus peores augurios podrían quedar claramente superados. Por ellos mismos.
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