31 de diciembre de 2012

Un año para no olvidar

No cabe duda que 2012 ha sido un año muy difícil para casi todos. Por naturaleza podemos tender a obviar o tratar de pasar página en su lugar. Sin embargo el olvido puede llevarnos a que se repita y dudo mucho que la mayoría estemos en condiciones de soportarlo. Por eso vamos a hacer un balance de lo más remarcable (por positivo o por negativo) y de las conclusiones a las que se puede llegar.
En lo social y económico ha sido un año terrible y descorazonador. La tenue esperanza del cambio de un gobierno de incapaces nos demostró que había sido sustituido por un gobierno de capaces... de cualquier cosa y ninguna buena. Los ciudadanos estamos instalados en la desesperanza y la crispación por las constantes provocaciones; están desmantelando el estado del bienestar y van locos por privatizar a precio de saldo para sus amigos lo que se supone que no es rentable desde lo público.
La cultura se ha convertido en objeto de lujo (y no solo por la brutal subida de 13 puntos de IVA) y las iniciativas son cercenadas de raíz, quedando reducidas a una expresión puramente marginal, sostenida por el ingenio y la creatividad. 
La educación está volviendo a los estándares de 1939, con la sola salvedad de tratar de maquillar los posibles infames resultados del próximo informe PISA, datos que no podrán ocultar los males endémicos de nuestro sistema educativo, agravados por el adoctrinamiento ideológico por el que pretenden tamizarlo.

En lo relacionado con los medios sociales, me gustaría llamar la atención sobre el definitivo éxito (por fin, tras haber sido el clásico de los informes de tendencias de los últimos cinco años) del videomarketing como herramienta de difusión y comunicación. No ha sido casualidad, pero la viralidad social ha ayudado a difundir numerosos mensajes y se ha demostrado que no es una mera cuestión de azar. El éxito popular del vídeo de Gangnam Style no radica, en mi opinión, en el número de visitas obtenidas sino en el poco tiempo que le ha llevado conseguirlas.
Los grandes actores del 2.0 han tenido suerte dispar, pues podemos recordar el fiasco del iOS6 y sus mapas o el iPad4 y sus escasas novedades o los requiebros de seguridad en redes como Twitter ó LinkedIn. Facebook se nos hace mayor y vuelve a cambiar su orientación de negocio de una manera peligrosa, alejando la actividad social de la profesional, o, mejor dicho, monetizando ésta última. 
Por otro lado la tableta como soporte está fagocitando incluso la venta de lectores electrónicos, ofreciendo cada vez más ventajas sobre los propios portátiles (y no hablemos de los equipos de sobremesa). Microsoft estaría también en la nómina de triunfadores con Windows 8, tratando de frenar la sangría que le estaba produciendo su verdadera competencia, tanto en sistema operativo como, sobre todo, en herramientas.
Y esa verdadera competencia es Google, que continúa  arrasando por donde pasa, tratando de evitar que nadie crezca a su alrededor. La empresa que sabe más de nosotros que nosotros mismos sigue con paso firme en su intento por dominar todos los mercados, al precio que sea.
Finalmente, la nube ha alcanzado su mayoría de edad en cuanto a uso y estamos asistiendo a la mayor revolución tecnológica desde la introducción de los ordenadores personales o la creación de internet, con los cambios de usos y costumbres a los que estamos procediendo sin que, al menos aparentemente, el usuario se esté apercibiendo.
No obstante el mayor éxito de los medios sociales y la tecnología en un año tan crítico como éste ha sido el contacto humano que ha permitido, facilitando acercamientos y relaciones, que la sensación de exclusión y de aislamiento fuera menos dura de lo que realmente ha sido.

De una manera o de otra, al menos, nadie nos va a quitar la posibilidad de que aspiremos a que 2013 sea mejor. Quedan 365 días por delante (salvo que también nos los recorten), para tratar de llevarles la contraria.
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