13 de junio de 2009

LA HORA DEL COLEGIO

Que los niños y los jóvenes son el futuro que hay que cuidar y mimar para que crezcan y evolucionen a personas maduras es un hecho incuestionable. Sin embargo, en educación al menos, los convertimos en moneda de cambio de los vaivenes políticos y sindicales sin más interés que el beneficio ajeno.

¿A cuento de qué viene esto? Me sorprende que los centros escolares hayan entrado en un supuesto "horario de verano" que implica mayor concentración de contenidos en un tiempo menor. Este horario, aplicable todos los meses de junio y septiembre es un quebradero de cabeza y de agenda para muchos padres y nadie ha sabido encontrar un argumento mínimamente aceptable que no sea la concentración de horas lectivas para los docentes, lo cual se traduce en un menor tiempo de presencia en el centro.

Que el calor de la última quincena de junio o la primera de septiembre es intenso no lo niega nadie. También es verdad que en esos dos periodos solo suele haber exámenes de repesca o alguna revisión, ya que el comienzo del periodo vacacional suele coincidir con esas dos quincenas, si apurarlas excesivamente. Y los niños y adolescentes de este país disfrutan de más de dos meses y medio de vacaciones estivales. No podemos abstraernos de la realidad de que vivir en el sur de Europa conlleva unos 10 ó 15 días de intenso calor al final y al principio de cada curso. Pero si se planificara el calendario pensando en los alumnos en lugar de organizarlo con el criterio de los convenios colectivos nos deberíamos plantear que las clases debieran comenzar con el mes de septiembre y finalizar con el mes de junio, con "paradas biológicas" (o, lo que es lo mismo, con "semanas blancas"), cada seis u ocho semanas, que es el periodo regular en el que comienza a descender drásticamente la curva de rendimiento de un estudiante. Y con horarios completos desde el primer día.

Este planteamiento no requiere una mayor o menos carga de horas para el estudiante (estamos alrededor de las 180 horas), sino una redistribución más racional de los horarios lectivos. El verano se hace extremadamente largo para los estudiantes, particularmente cuando se ven abocados a ser "aparcados" por necesidades de logística familiar en los últimos días de agosto y los primeros de septiembre. Normalmente, desde mediados de noviembre, el rendimiento de los alumnos disminuye notablemente y no se recupera hasta después del largo periodo vacacional de fin de año (¿por qué no se empiezan de nuevo las clases el 2 de enero, como en el resto del mundo civilizado, en lugar de hacerlo una semana después?). Y, después, "de un tirón" hasta que el capricho del calendario nos marca las fechas de Pascua. Si, como sucede este año, estas festividades entran en abril, nos encontramos con un periodo central tremendamente largo y escasamente productivo, sobre todo durante las semanas precedentes al periodo vacacional. Y luego, poco más d eun mes y medio hasta entrar en los 15 ó 20 días de supuesta "jornada intensiva" similar a la de comienzo de curso.

Con este calendario de locos es muy difícil conseguir un rendimiento regular aceptable por parte de nuestros estudiantes. Y los abocamos a que se planteen de modo inconsciente una dinámica de "horario funcionarial" y de recompensa por ocupar asiento. Si queremos mejorar o, al menos, ser como los mejores, debemos comenzar a implementarlo desde el aula. Será la semilla para adaptarse mejor a horarios laborales más racionales en un futuro. Y, sobre esto, también habría mucho que hablar.
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