3 de julio de 2007

Querer y Deber

Es fácil hacer lo que uno quiere. O, al menos, lo parece. El problema es que no siempre podemos hacer que nuestra voluntad guíe nuestras acciones sin que la vía superior de nuestro cerebro la limite. En este sentido, ¿por dónde debemos seguir? La vía inferior de nuestro cerebro es emocional, intuitiva, directa. Nos permite reaccionar rápidamente ante lo inesperado y, digámoslo así, nos permite mantener el sentido de supervivencia.

La vía superior de nuestro cerebro es más lenta, reflexiva, intelectual. Es, sin duda, el mayor reflejo de la evolución del ser humano con respecto al resto de las especies. Pero en este éxito radica también la tensión y la duda. Cuando tratamos de actuar de un modo racional, equilibrado, lógico (si se puede aplicar el término), cerramos el acceso a nuestras sensaciones más personales o, al menos, las pasamos por el tamiz de la razón, lo que condiciona su presencia, su demostración y puede conducirnos a la pérdida de su referencia.

No vale hablar de equilibrio; no sirve utilizar tópicos sobre el balance entre unas y otras. En muchos momentos necesitamos discernir por cuál de los impulsos nos dejamos conducir; bien por la primera y, a veces, primaria, reacción, bien por la vía de la racionalidad y la norma. Es el hecho de dejarse llevar por unos u otros impulsos - y, por ello, renunciar al opuesto -, lo que nos provoca que nuestras actitudes nos planteen la sobra de la duda sobre la eficacia de la decisión.

Y cuando estas opciones son condicionadas por la referencia de otra u otras personas nos encontramos con un dilema todavía mayor, ya que no solo debemos de referirnos a nuestra conducta sino también a la de otras personas. Y la simbiosis entre las personas suelen radicar más en posicionamientos que parten de la vía superior de nuestros cerebros que de los que radican en la inferior. Cuando alguno de los impulsos que provienen de nuestra vía inferior no encuentra correspondencia con los de la vía inferior de otras personas, sino que son atendidos por la superior, se establece un conflicto interno que formalmente no aflora, pero que mantiene la duda sobre el comportamiento a adoptar con respecto a esa otra persona.

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