4 de septiembre de 2007

La epidemia más aguda

A pesar de lo que pueda parecer por su título, este artículo no trata sobre medicina o sobre medicamentos. Ni siquiera se refiere a pacientes, hospitales o laboratorios. Más aún, suele afectar a personas perfectamente sanas. No es la primera vez que escribo sobre el tema; me gustaría que fuera la última, aunque esto me parece más bien utópico y, más temprano que tarde, me veré obligado a escribir de nuevo.

No conozco en este Primer Mundo en el que vivimos un factor de riesgo tan agudo como el volante. No existe una causa de mortalidad en nuestro país que se haya llevado en lo que va de año casi 1.900 vidas. Y, como he dicho antes, probablemente todos estaban sanos. Nos estamos acostumbrando demasiado rápidamente a asimilar las estadísticas y a entenderlas como un "juego de números" entre una fecha y otra. Como si fuera un éxito que hayan muerto algunos menos que el año pasado, o un fracaso que sean más que el mes anterior. Detrás de cada cifra habita una tragedia que ha afectado no solo a quienes han perdido la vida sino, muy particularmente, a quienes se ven afectados por la misma en el entorno de cada individuo. ¿Es necesario? ¿Nos tenemos que creer que somos tan irresponsables? ¿Se darán cuenta algún día que las leyes no sirven para nada?

La instauración del carnet por puntos parecía ser la panacea que "salvaría muchas vidas", ya que retiraría de la circulación a aquéllos que fueran irresponsables en su conducción. Ahora ya se lo empiezan a cuestionar. El problema es que solo se plantean los errores del "cómo", no del error en sí. La ley debe ser abierta y no castrante. Que tener un carnet de conducir equivalga a un supuesto concurso en el que, con un poco de suerte, si no te pilla un radar móvil o un helicóptero furtivo, puedas mantener tus puntos no significa que conduzcamos mejor o que las carreteras sean más seguras. La coacción de la ley, la presión de una supuesta competitivdad nunca nos llevará a ningún sitio si no planteamos una educación vial adecuada y, sobre todo, si no tratamos de que nuestras vías sea cada día mejores y más seguras. Pero la seguridad no radica en radares ocultos entre arbustos o colgados de paneles de señalización, sino en que las condiciones sean las más aptas para circular. Quizá debiera haber menos inversión en medidas coercitivas y mejorar el estado de muchas carreteras y calles. Y, sobre todo, educar desde la infancia en que todos formamos parte del sistema de la circulación en beneficio general y no concursantes desafiando los límites para salvar unos puntos.

En fin, quizá será porque cuando conoces a uno o dos de esos mil novecientos, o a alguien de su entorno, te planteas la injusticia de un sistema inútil y te solidarizas con el dolor de la pérdida de uno o dos. ¿Cómo sería el sentimiento si conociéramos a los mil novecientos?

Dedicado a ........ (bueno, solo decirte ánimo y vamos a seguir adelante)
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